La NASA y Roscosmos lograron detener las filtraciones de aire en el vestíbulo PrK del módulo ruso Zvezda, pero no pudieron identificar la causa raíz de las fisuras estructurales que las originaron. El desacuerdo técnico entre ambas agencias sobre la gravedad del riesgo mantiene en vilo el futuro operacional de la Estación Espacial Internacional.
Siete años después de la primera alerta, uno de los problemas estructurales más complejos en la historia de la exploración espacial habitada sigue sin tener explicación definitiva. La Estación Espacial Internacional (ISS) enfrenta un dilema técnico que mantiene en vilo a los equipos de la NASA y de la agencia espacial rusa Roscosmos: ninguna de las dos organizaciones conoce con certeza el origen de las grietas aparecidas en una sección crítica del módulo ruso Zvezda -cuyo nombre significa «Estrella»-, fisuras que provocaron filtraciones de aire que, afortunadamente, cesaron.
El origen del problema y su escalada
El problema se remonta a septiembre de 2019, cuando funcionarios rusos y estadounidenses dieron la voz de alarma por fugas provocadas por grietas microscópicas estructurales en el módulo PrK, una esclusa de aire del Zvezda. La fuga fue descubierta en el vestíbulo PrK, que conecta un puerto de acoplamiento con el módulo Zvezda, lanzado en julio de 2000. En octubre de ese mismo año, la grieta fue localizada en la cámara intermedia del módulo y reparada temporalmente por los cosmonautas a bordo.
Lejos de estabilizarse, el cuadro se agravó en los años siguientes. En agosto de 2020, Roscosmos informó oficialmente de una caída de presión en el módulo Zvezda causada por una fuga de aire. Un año después, en agosto de 2021, los cosmonautas rusos descubrieron nuevas grietas superficiales, esta vez en el módulo Zaryá -«Amanecer»-, que según advirtió el ingeniero jefe de la corporación espacial rusa Energy, Vladimir Solovyov, «comenzarán a extenderse con el tiempo». En ese momento, Solovyov ya alertaba de que gran parte del equipamiento de la ISS estaba empezando a envejecer y que podría haber una «avalancha» de componentes rotos después de 2025.
La situación escaló en febrero de 2024, cuando la NASA detectó un aumento de cerca del doble en la tasa de fugas. En abril de ese año, la fuga alcanzó casi 1,7 kilogramos diarios, la tasa más alta registrada hasta la fecha, lo que llevó a la agencia estadounidense a elevar el riesgo al nivel más alto en su sistema de gestión de riesgos.
Para dimensionar la magnitud del dato: perder 1,7 kilos de masa de aire por día en un ambiente orbital herméticamente presurizado representa una amenaza crítica para la habitabilidad de la estación.
Las fugas cesaron, pero el enigma persiste
Los esfuerzos más recientes de los cosmonautas lograron contener las filtraciones, aunque sin cerrar el interrogante de fondo. Joel Montalbano, administrador adjunto interino de operaciones espaciales de la NASA, declaró ante el Comité de Ciencia de la Cámara de Representantes el 25 de marzo de 2026: «Actualmente, no hay fugas. Le han aplicado un sellador y no hay fugas». Sin embargo, añadió: «Seguimos preocupados por la estructura».
La comisión conjunta de expertos de NASA y Roscosmos se reunió en Houston en marzo de 2026, pero no logró identificar una única causa raíz. Los ingenieros apuntaron a dos posibles orígenes: la fatiga por ciclos muy elevados debida a vibraciones de bombas, y el agrietamiento inducido por factores ambientales. Ninguna de las dos hipótesis fue confirmada.
Desacuerdo entre agencias: el nudo del problema
Más allá de la incertidumbre técnica, lo que complica el panorama es la falta de consenso entre las dos potencias espaciales que operan la ISS de manera conjunta. Los ingenieros rusos creen que las grietas probablemente se deben a una «alta fatiga cíclica» provocada por microvibraciones. La NASA, en cambio, considera que intervienen varios factores: la presión y el estrés mecánico, el estrés residual, las propiedades materiales del módulo afectado y la exposición ambiental.
Como resumió Bob Cabana, presidente del Consejo Asesor de la ISS, durante la reunión del 29 de abril de 2026: «Los rusos creen que las operaciones pueden continuar con seguridad, pero no pueden probarlo de forma satisfactoria para nosotros. Por su parte, Estados Unidos cree que no es seguro, pero tampoco puede convencer a los rusos de ello». Una descripción que, en términos de gestión de riesgo orbital, representa un escenario de máxima complejidad.
Protocolos de contingencia en vigor
Ante la incertidumbre, se adoptaron medidas operacionales conservadoras. Cada vez que se utiliza el PrK, tanto los astronautas de la NASA como los socios no rusos -ESA, JAXA y CSA- permanecen en el segmento estadounidense con la escotilla intermedia cerrada. Además, se minimiza el tiempo que el vestíbulo permanece presurizado. La comisión conjunta recomienda usar el PrK a presión reducida y mantener la escotilla entre segmentos cerrada mientras la del vestíbulo esté abierta.
El reloj de la ISS corre
El episodio se inserta en un debate más amplio sobre la vida útil de la estación. La comisión multilateral fijó como plazo crítico que para finales de 2026 se decida si se desorbita la ISS -maniobra prevista oficialmente para 2030- o si se extiende su vida útil dos años más, como plantea un proyecto de ley en el Senado estadounidense.
Lo que está claro es que el módulo Zvezda, con más de dos décadas de operación continua en el entorno más hostil que existe, enfrenta los límites del envejecimiento material en condiciones que ningún laboratorio terrestre puede replicar completamente. Las grietas del PrK no son solo un problema de ingeniería: son también un recordatorio de que la infraestructura orbital más ambiciosa de la historia humana tiene fecha de vencimiento, y que aún quedan preguntas sin respuesta antes de apagarla.





